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#SECUENCIA · “Maten a Perón”. Los bombardeos del 55 y el Golpe al Peronismo.

PERÓN-ismo

El 17 de octubre de 1945 es considerado un día mítico y fundacional: marca el surgimiento de una alianza histórica entre los sectores populares y la figura de Juan Domingo Perón, que daría origen al movimiento peronista. Pero para comprender el profundo arraigo de ese vínculo, es necesario mirar los casi diez años de gobierno que siguieron, conducidos por Perón y sostenidos espiritual y políticamente por María Eva Duarte de Perón.

Durante ese período, la participación del salario en el PBI nacional alcanzó niveles inéditos, reflejo de un cambio profundo en la matriz del Estado argentino. El viejo modelo agroexportador —basado en los privilegios de la oligarquía terrateniente nucleada en la Sociedad Rural y en alianza con el capital extranjero— fue sustituido por un proyecto de desarrollo con inclusión. El Estado, a través del IAPI, asumió el control del comercio exterior como herramienta para diversificar la economía, fomentar la industrialización, consolidar una burguesía nacional y generar millones de empleos industriales y de servicios.

Ese crecimiento económico fue acompañado por una ampliación de derechos laborales, sociales y políticos, consagrados en la reforma constitucional de 1949. El resultado fue la emergencia de una clase trabajadora organizada, politizada y orgullosa, que accedía al consumo, al descanso, a la salud, a la educación y a la vivienda digna. No era solo una redistribución del ingreso: era una redistribución del poder. Por eso, para millones de argentinos, aquellos fueron “los años más felices”.

17 de Octubre de 1945 – Día de la lealtad peronista

Odio de Clase

“¿Qué te pasa, Mordisquito? ¿Tan ciego estás que no ves? No fue Perón el que inventó la injusticia, el hambre ni la soberbia de los de arriba. No. Pero fue el primero que se animó a desafiarlos…”
— Mordisquito, Enrique Santos Discépolo

La voz de Mordisquito, ese personaje radial creado por Enrique Santos Discépolo, condensa como pocas otras el clima de época que vivía la Argentina peronista de comienzos de los años cincuenta. Desde su monólogo mordaz, interpelaba no solo a la oligarquía, sino también a esa clase media que, habiendo ascendido gracias al peronismo, empezaba a repetir con tono indignado las mismas frases que alguna vez la habían excluido: “Negros”, “planeros”, “grasa”, “fanáticos”.

La figura de Discépolo es clave para entender el odio de clase que fue fermentando contra el movimiento peronista. Un odio que no se basaba solo en diferencias políticas o económicas, sino en algo más profundo: el rechazo visceral a que los de abajo ocuparan espacios que antes les estaban prohibidos. La clase trabajadora había accedido a derechos, a consumo, a voz política, a representación. El orden social tradicional se desarmaba. Lo intolerable no era solo Perón, sino lo que Perón representaba: una transformación del poder real.

Ese resentimiento fue tan simbólico como concreto. Se expresó en la caricaturización del obrero peronista, en la demonización de Eva Duarte, en la estigmatización de todo lo popular como ignorante, violento o servil. Y se organizó. Porque ese odio no fue solo emocional: fue político, ideológico y operativo.

Patas en la Fuente – La casa está tomada

En esta etapa se desplegaron al menos tres niveles de oposición civil al gobierno, todos ellos con el mismo objetivo: derrocar al peronismo. En primer lugar, la persistencia opositora en el campo político-propagandístico: diarios, partidos, radios y tribunas que, en nombre de la república, denunciaban autoritarismo, corrupción y “populismo”. En segundo lugar, la construcción de un entramado de alianzas entre sectores civiles, religiosos y militares que compartían una visión elitista de la sociedad y defendían el viejo orden conservador. Finalmente, el plano más clandestino: la acción directa de grupos organizados para sabotear, agitar y preparar el terreno para el golpe de Estado, operando como brazo logístico y simbólico de las Fuerzas Armadas sublevadas.

Todo esto convivía con una feroz violencia simbólica. Eva Perón fue su blanco más evidente. Su condición de mujer plebeya, sin apellido ni títulos, irreverente y combativa, resultaba imperdonable para una clase dirigente acostumbrada al linaje, los modales y la obediencia de las mujeres en la política. Su enfermedad no aplacó los insultos. Ni siquiera su muerte puso freno a la saña: su cadáver sería secuestrado, profanado y desaparecido por la dictadura que se avecinaba. Porque el odio de clase no se contenta con la derrota: quiere borrar todo rastro del adversario.

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Paredones de la ciudad de Buenos Aires por 1952

Enrique Santos Discépolo no soportó ese clima. Aislado, enfermo, traicionado por muchos de sus propios colegas, murió en 1951. Su personaje Mordisquito ya no tenía dónde hablar. Pero dejó una advertencia: cuando el odio de clase se organiza, lo que viene no es una discusión política. Es un acto de guerra.

Y esa guerra estaba por comenzar. El próximo capítulo ya no se escribiría en editoriales ni en discursos radiales. Se escribiría con bombas.

Maten a Perón

A continuación, les proponemos trabajar con tres materiales diversos. Estos recursos nos invitan a pensar que lo que se rompió en 1955 no fue sólo un gobierno, sino una forma de pertenencia colectiva. Se impuso un proyecto que buscó borrar al otro del relato nacional. Y lo que no se podía borrar, se reprimía.

“Del cielo los vieron llegar”.

Así comienza la historieta que abre este apartado. El cielo, símbolo de promesa, de fe o de esperanza, se convierte aquí en lugar de la muerte. Las bombas no cayeron sobre un cuartel ni un aeropuerto militar. Cayeron sobre la Plaza de Mayo. Sobre las oficinas públicas. Sobre un trolebús lleno de trabajadores. Sobre los cuerpos de civiles desarmados. La historieta, como dispositivo pedagógico y político, reconstruye con crudeza gráfica lo que algunos todavía hoy intentan relativizar: que el 16 de junio de 1955, un sector de la Fuerza Aérea Argentina bombardeó a su propio pueblo. Y lo hizo con la consigna concreta: “Maten a Perón.”

“16 de junio de 1955. Bombardeo a Plaza de Mayo” de corhistor

El ataque fue planificado con apoyo logístico, ideológico y material de sectores civiles, eclesiásticos y empresariales. Los aviones lanzaron más de 100 bombas. Mataron a más de 300 personas e hirieron a más de 700. Fue el atentado más grande de la historia argentina hasta ese momento. La masacre no logró su objetivo inmediato —Perón sobrevivió— pero marcó el inicio del fin: pocos meses después, en septiembre, un golpe de Estado lo derrocaría, dando inicio a 18 años de proscripción del peronismo.

La segunda pieza que incorporamos es el video “Flores del 55”, un montaje audiovisual que recorre, con imágenes reales, animaciones y música solemne, los rostros anónimos que murieron en esa jornada. Esas flores, que aparecen en la Plaza como símbolo de duelo y resistencia, no son sólo un homenaje. Son una advertencia: lo que ocurrió no fue un “exceso” ni un error militar. Fue el intento brutal de destruir un proyecto político por la vía del exterminio. El odio de clase —como vimos en el apartado anterior— se volvió acción directa. Ya no bastaba con ridiculizar, había que eliminar.

Pero no toda la violencia fue tan visible. La tercera pieza, el cuento “Gorilas” de Osvaldo Soriano, se cuela en este recorrido desde otro lugar: la memoria íntima, familiar, narrada desde la perspectiva de un niño. Un padre que escucha con placer los bombardeos. Una madre que llora. Una radio que grita mentiras. La confusión de un chico que ve en vivo cómo el odio puede instalarse en la cocina de su casa. El cuento de Soriano es magistral porque muestra lo que muchas veces se olvida: que las guerras políticas no solo se dan en el Congreso o en los cuarteles. También se dan en las casas, en las sobremesas, en las palabras que los niños heredan sin entender del todo.

“Al salir del colegio vi a un montón de gorilas que apedreaban una casa. Los chicos bajábamos la cabeza y caminábamos bien cerca de la pared.”

Gorilas – Osvaldo Soriano de corhistor

El golpe no fue sólo una ruptura institucional: fue también una herida emocional, simbólica y generacional. La integración de estos tres lenguajes —el dibujo, la imagen en movimiento y la palabra literaria— nos permite pensar el bombardeo de 1955 no sólo como un hecho histórico, sino como una herida activa en la memoria colectiva. Porque si hay algo que comparten estas tres obras es su fuerza testimonial: todas dicen lo que durante décadas se quiso silenciar. El atentado fue negado, minimizado, borrado de los manuales escolares, escondido detrás de una supuesta defensa de la “república” o de la “libertad”.

Pero la memoria no se archiva. Vuelve en forma de flores, de trazos, de cuentos, de nombres. Y también de preguntas: ¿qué sectores están hoy dispuestos a bombardear la democracia si no les gusta el resultado de las urnas? ¿Cuánto de ese odio sobrevive en nuevos discursos, más pulidos pero igual de violentos? ¿Cuántas veces más hará falta decir: Nunca más?


Los Bombardeos

@todonoticias

El día que los militares bombardearon Plaza de Mayo y quisieron matar a Perón El 16 de junio de 1955, en un intento por derrocar y matar a Perón, militares rebeldes de las tres fuerzas organizaron un bombardeo sobre la Plaza de Mayo. Hubo más de 300 muertos y miles de heridos.

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